El Hijo de Dios
En el Antiguo Testamento no encontrarán la frase “el Hijo de Dios”o “el Hijo de Jehová”; pero sí, la frase “Mi hijo eres tú; yo te engendré hoy”, circunscrita al Mesías, al Ungido (Salmo 2:7), a quién el pueblo judío esperaba, para que restaurara el Reino, sentándose en el trono de David su padre, como Rey de Israel.
Les confesaré, que no entiendo, que siendo los judíos hijos de Jehová Dios (Deuteronomio 14:1), le preguntaran a Jesús, de la Tribu de Judá y de la Casa de David, si era hijo de Dios, tal y como leemos, en los evangelios sinópticos.
¡Esto es algo, que siempre me ha llamado la atención!
Lo que si hubiera entendido, es el que le preguntaran, si era “el Hijo de Dios”; es decir, si era el Mesías, el Ungido, el Rey de Israel, que ellos esperaban.
(Mateo 27:42) “A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar; si es el Rey de Israel, descienda ahora de la cruz, y creeremos en él.”
(Marcos 15:32) “El Cristo, Rey de Israel, descienda ahora de la cruz, para que veamos y creamos. También los que estaban crucificados con él le injuriaban.”
(Juan 1:49) “Respondió Natanael y le dijo: Rabí, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel.”
(Juan 12:13)“tomaron ramas de palmera y salieron a recibirle, y clamaban: ¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor, el Rey de Israel!”
En tiempos del Señor Jesús, los judíos y con anhelo, esperaban al Mesías prometido, al Rey de Israel, el cual, restauraría el Reino, sentándose en el Trono de David, libertándolos de la esclavitud del yugo romano y estableciendo un reinado de paz y justicia.
Ellos esperaban un Rey con poder temporal, y cuando miraban a Jesús, ellos veían a un siervo, que no tenía donde reclinar la cabeza, y que les hablaba de un reino en los cielos, que les enseñaba con autoridad, denunciando que no estaban interpretando y cumpliendo con las Escrituras, y sanando todo mal y dolores del pueblo que le seguía.
La mayoría de los judíos no creyeron en él, y liderados por las autoridades religiosas, levantaron falsos testimonios contra él, hasta procurar su muerte, la cual e involucrando al poder temporal romano, fue de muerte de cruz, y en la que se le colocó y en escarnio, el título: “El Rey de los judíos” (Marcos 15:26).
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Y para concluir esta reflexión, y desde la convicción plena, les aconsejo, que de los textos del Nuevo Testamento, tomen como textos de referencia, el evangelio que le fue revelado al apóstol Pablo, el cual fue predicado y escrito en tiempo real, y que conocemos, por los textos que se le atribuyen; y es por ello, que todo evangelio, que difiera en algo, con el que fue revelado al apóstol Pablo, ¡este algo!, sea anatema.
¿Qué quiero decir con esto? Quiero decir, que cuando personalmente, leo los evangelios sinópticos y Hechos de los Apóstoles, los cuales, fueron escritos bastantes años después de acaecidos los hechos de Jesús, que se narran en estos escritos, y donde algunos textos, provienen de diferentes leyendas que pululaban en la época (la denominada fuente “Q”), otros, desde algunas tradiciones y filosofías, y otros, fruto de interpolaciones y añadidos, los miro con lupa, para así diferenciar el grano de la paja, o dicho de otro modo y más correcto, de diferenciar, la verdad de la mentira.
Y para finalizar, decirles, que en los textos joánicos y singularmente en el Evangelio de Juan y en 1ª Juan, no solo hay que poner la lupa, sino que hay que utilizar el microscopio.
Los textos más tardíos son los textos joánicos, y donde esta comunidad joánica, preeminentemente greco-romana, ya había absorbido e incorporado a su teología, muchos conceptos, desde la filosofía pagana de Platón, de la preexistencia del alma/espíritu y planteamientos místicos seudo-gnósticos.
Así que, analicen microscópicamente estos textos joánicos, porque verdaderamente en ellos hay palabra de Dios, pero que en muchas ocasiones (demasiadas), esta palabra de Dios, está guarnecida y enmascarada por conceptos filosóficos, que junto con los de Mateo y Lucas, respecto del nacimiento virginal mitológico de Jesús, propiciaron, que encubiertamente, entrara la herejía destructora de la Trinidad, por la que Jesús, es 100% Dios y 100% hombre.
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